EL INTERNET DE LAS COSAS Y LAS PERSONAS

¿Aprenderemos a vivir entre el internet de las personas y el internet de las cosas?

Siete de la mañana, el tin-tin de un whatsapp me despierta y se adelanta al despertador. Es una imagen chorras de Javi, un amigo. “Jajaja” le respondo mecánicamente sin entender el chiste. Rascandome todo a dos manos me dirijo como Lazaro recien resucitado al baño. Mientras me reparto la espuma de afeitar, el espejo se despierta también y me enseña a un lado el parte metereologico y al otro me lanza un pequeño visor con las noticias de la CNN. “cambia” digo, y con la voz voy pasando de canales hasta que escojo “Los Simpson”. Otro tin-tin entra mientras la Gilette me hace de quita-nieves. Pero el Tin-tin es acallado por el pio-pio de un Twitt de uno de los 527 twitteros a quien sigo fielmente y un “fiummm” me anuncia que ha llegado un nuevo mail que se aparca con los cinco nuevos sin leer. Aclarandome el champoo en la ducha, una febril actividad neuronal me va recordando que le debo una respuesta a Juan por mail, hoy tengo un Skype con Miriam y que no se como borrarme del infumable grupo de whatsapp “Friday-vecinos” sin herir al personal.

Mientras se levantan automaticamente las persianas del apartamento, la cafetera ya  comienza a sudar café en mi taza recuerdo de Estocolmo y la pantalla tactil de la nevera se enciende y me avisa que hay que reponer leche, huevos, verdura y de mantequilla queda para una tostada. El apartamento recibe la orden de bajar temperatura y el gota a gota del riego automatico se dispara. Durante el desayuno un warning señala en mi smartwatch que las constantes vitales de mi madre enferma son estables y que ha dormido bien.

Ana mi mujer ha salido hoy pronto de casa. El coche le conduce automáticamente al trabajo. Mientras el volante se mueve solo fantasmagoricamente, ella hace gargaras con una frase en chino que le dicta la voz del cursillo express. Un facetime le aparece en el parabrisas y un seco buenos días precede a la imagen de su jefe recordandole que a las 10 en punto es la reunión con el cliente. Ana mira con el rabillo del ojo su smart screen de pulsera y el GoogleMaps le indica que llegará diez minutos tarde porque en Castellana con Cibeles hay una manifestación de madres del 12 de Junio o del 7 de Mayo. Pero este contratiempo el coche ya lo tiene re-programado. Un “Plin” le indica en el smart watch que la nube ha descargado un Instagram y con un suave gesto con el dedo indice la pasa al parabrisas para disfrutar de una foto que ha subido nuestra hija Paola de trece años, posando graciosamente junto con sus dos amigas del alma.

Carlos, nuestro hijo pequeño está en primaria y tiene toda la mañana clase de Arte en el barrio de los Austrias. Junto con sus compañeros jugaran a escanear los rincones historicos con ayuda de sus tablets, geolocalización y puntos de información con realidad aumentada. Por la tarde se reuniran en casa de Pablo para crear en grupo, con el GoogleArtist, una galeria de arte con cuadros de Goya. En la ciudad quedan cada vez menos colegios. El colegio es la ciudad.

Carlos todavía no tiene Facebook pero Paola si. Ella tiene agregados a doscientos veinte “amigos”. Paola teje su red tribal con ayuda de Facetime, Instagram, Snapshot, Twitter, chatea con sus compañeros de clase en el Moodle y tira del Facetime o Skype para pedirles prestadas para sus fotos artísticas, unas botas de la marca “Jandemor” a sus vecinitas Julia y Marta, todavía más pavas que ella. En el cole no quieren moviles en clase pero en el patio, todos desenfundan sus smartphones y comparten su ocio alrededor de su vida virtual. Hace frío en el patio, el polar de Paola se termo-regula y Paola vuelve a estar a gusto fuera.

Carlos nos contó anoche que habían echado de clase a un niño por correr el bulo por facebook de que Santi va a un psiquiatra y es bipolar. Paola ha recibido una declaración de amor anónima con una nueva app llamada Notegraphy. Ya se la ha bajado y forma parte de su arsenal social.

Las 7pm en casa. La nevera ha enviado una orden al sistema central para que ordene la compra del super. La casa está ya caliente. La familia está en el salón. Yo ojeo mi Twitter desde el iPad. Ana whatsapea con su grupo de amigas desde diferentes puntos del planeta, se ha enterado que la madre de una amiga se ha ahogado con una uva. Carlos sonrie complacido cotilleando el muro de una niña que ha entrado nueva al cole. Paola escucha concentrada al robot-mayordomo que recita en inglés de Oxford metalizado el menú de la cena. La tele está encendida, a las nueve veremos un partido de tenis y manejaremos desde el tablet los mejores angulos jugando con todas las cámaras de la pista.

Cuando levanto la vista y miro la escena tan cyber-familiar, me pregunto: si ya es difícil que gestionemos el internet de las personas (nuestras redes sociales), ¿Quién nos educará además a convivir con el internet de las cosas (la ciudad inteligente)?

Un “Pio-pio” musical me devuelve a la realidad, joder cuantos seguidores tiene este y yo solo con 125…